Remo #05 | A 60 años de Walsh en la tierra roja

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06-JUN-2026 | En 1966, Rodolfo Walsh arribó a Misiones en busca de un puñado de historias. El resultado se plasmó en crónicas memorables publicadas en las revistas Panorama y Adán. La explotación en los yerbales, el desarraigo de la colectividad japonesa y la huella indómita de Horacio Quiroga fueron los ejes que Walsh desenterró durante su estadía en la provincia. Los rastros de su itinerario proponen una dialéctica incómoda entre aquel pasado y las deudas que la tierra colorada mantiene en el presente.

El mapa del violento oficio

El 9 de enero de 1966, Rodolfo Walsh cumplió 39 años. Unos días más tarde, emprendió un viaje hacia el nordeste argentino que lo llevaría a recorrer Chaco, Corrientes y Misiones. Lo hizo acompañado del fotógrafo Pablo Alonso —“el único que me entiende”, diría el propio Walsh—, en busca de un puñado de historias que luego se verían reflejadas en crónicas publicadas entre 1966 y 1967.

“Mi intención consciente y deliberada fue trabajar esas notas (…) con el mismo cuidado y la misma preocupación con que se podía trabajar un cuento, o el capítulo de una novela, es decir, dedicarle a una sola nota el trabajo de un mes”, explicaría al regresar.

El itinerario del autor de Operación Masacre por la tierra colorada redundó en tres piezas fundamentales: “La Argentina ya no toma mate”, “Kimonos en la tierra roja” y “El país de Quiroga”. Estos textos fueron, a su vez, incluidos posteriormente en el libro El violento oficio de escribir, que reúne su obra periodística producida entre 1953 y 1976.

Para adentrarse en la provincia, Walsh contó con un baqueano de la máquina de escribir: el periodista local Alberto Mónaca. Fue Mónaca quien, desde su oficina en la calle Sarmiento casi Colón de Posadas, le armó una hoja de ruta con los nombres de los pioneros y productores que definirían el mapa de sus notas: Víctor Navajas Centeno en Virasoro, Narciso Martos Juárez en Santa Ana, Andrés Haddad en San Ignacio, Alberto Roth en Santo Pipó, Armando Waldemar von Zeschau en Jardín América, Osvaldo Mario Rey en Mbopicuá, Sergio Rojas en Montecarlo, Esteban Roulet, Federico Moser y Carlos Sthreler en Eldorado, Ladislao Ziman en Puerto Esperanza, y Berrondo y Eligio Aquino en Oberá.

Los herederos del mensú

“Las gremiales de productores echaban la culpa a los gobiernos; dirigentes políticos, a las gremiales; comerciantes, a todo el mundo; tareferos sin trabajo, no sabían a quién echarla”, escribió Walsh en “La Argentina ya no toma mate”, exponiendo una crisis yerbatera cuyas esquirlas sociales se prolongan hasta hoy.

En el apartado titulado “Los herederos del mensú”, su prosa retrata la composición social de la cosecha con una vigencia que estremece: “Ahí están, hormigueando entre las plantas verdes, con sus caras oscuras, sus ropas remendadas, sus manos ennegrecidas: la muchedumbre de los tareferos. Hombres, mujeres, chicos, el trabajo no hace distingos. En un yerbal alto como éste, el jefe de la familia trepa al árbol y con la tijera poda las ramas que su compañera y su prole cortan y quiebran en un movimiento incesante, separando la hoja del palo y amontonándola en las ponchadas –dos bolsas abiertas y unidas– que cuando estén llenas se convertirán en ‘raídos’. No hay cabezas rubias ni apellidos exóticos entre ellos. El tarefero es siempre criollo, misionero, paraguayo, peón golondrina sin tierra”.

En aquel 1966, el 60% de la yerba mate se secaba mediante el sistema tradicional del barbacuá. Walsh se metió en el "catre" de la Industrial Paraguaya para medir el costo humano de la producción: “La temperatura es tan alta que parece imposible aguantar más de unos minutos. Pero, ¿qué quiere decir alta? El termómetro colocado junto a las bocas de fuego marca inequívocamente: noventa grados centígrados, que significan setenta grados arriba, donde trabajan los secadores... Como sombras de otro mundo armadas de horquillas, se mueven media docena de hombres. Este, que sin duda es el trabajo más insalubre del mundo, es también la cumbre del oficio del peón yerbatero, la suprema ciencia y la suprema recompensa: el urú gana la extraordinaria suma de 67 pesos la hora”.

Al indagar sobre las soluciones a una actividad en crisis —agravada entonces por la caída internacional del tung, la falta de caminos y el consumo eléctrico más bajo del país—, Walsh esbozó propuestas que desnudaban la falta de inversión estructural de los sectores concentrados: regulaciones de zafra, prohibición absoluta de importar yerba, extirpación de yerbales improductivos y la necesidad urgente de financiamiento genuino para el colono: “En medio siglo la industria yerbatera no ha invertido un centavo en propaganda eficaz, en investigación (...) El consumo per cápita disminuye año a año; de diez kilos en 1930, a menos de seis en la actualidad. Para muchos, el mate con bombilla está condenado, salvo en las zonas rurales. Hay que buscar nuevas formas de presentar el producto”. Su conclusión fue una advertencia: “El colono misionero ha demostrado que es buen negocio financiarlo. Esto se ha hecho hasta la explotación. Por una vez, podría hacerse de otro modo”.

No era ésta la tierra prometida

El segundo eje de la excursión walshiana apuntó a la inmigración. Si bien el primer arribo registrado de familias japonesas a Misiones se remontaba a la década de 1920 en San Ignacio (con los Yamaguchi y su producción de seda) y luego en 1939 en Oberá (donde Yuji Watanabe se convirtió en el primer plantador nipón de té), Walsh centró su mirada en una experiencia más reciente: Colonia Luján, fundada en 1959 por la Cooperativa de Colonización Argentina “Ataku”.

De allí nació su crónica “Kimonos en la tierra roja”, donde contrapuso las promesas idílicas de los folletos oficiales con la hostilidad de la greda misionera. Así retrató la desilusión de Shigemori Matonaga y Sadehiro Yamato, quienes llegaron desde Nagasaki vendiendo todo lo que tenían:

“Le mostraron películas en colores donde se veían naranjales parejos, suaves colinas cubiertas de pinares, arboledas de tung con sus flores rosadas. Vendió su chacra, pagó la primera cuota de la tierra desconocida que valía dos mil dólares y se vino con su familia de siete personas. Lo que no le dijeron fue que la mitad de su chacra estaba cubierta de monte, que las piedras que afloran en la tierra harían trizas las rejas del arado, que las lluvias arruinarían una y otra vez su cosecha de tabaco. A Sadehiro Yamato le pintaron un cuadro aún más idílico. En poco tiempo se haría tan rico que tendría un auto negro, y su mujer un auto rojo, y sus hijos un auto verde. Tres años después mira contrito el grabador Hitachi en que va quedando estampada la historia de su desilusión”.

El hombre barbudo

La última parada analítica de Walsh fue San Ignacio, el territorio definitivo de Horacio Quiroga. Sin embargo, en “El país de otro Quiroga” (publicada en 1967), el cronista esquivó el homenaje de bronce para indagar en cómo el pueblo asimilaba el fantasma del escritor por fuera de los manuales escolares.

“En San Ignacio, Quiroga es ignorado, menospreciado, a veces detestado”, sentenció Walsh tras entrevistar a los vecinos que lo habían tratado en vida. “La casa está allí con sus piedras desnudas, su mágico círculo de palmeras, el busto del hombre barbudo en cuyo pedestal los estudiantes de visita declaran fugitivos amores... Pero es una ilusión. El mundo de Horacio Quiroga ya no está en ese pueblo tranquilo, disperso y polvoriento. No es que San Ignacio haya cambiado mucho; es que sus personajes se han evaporado (...) En San Ignacio, Quiroga se ha vuelto anécdota, que es como decir olvido, conmemoración escolar –último fruto del tedio–, homenaje de notables, que es autohomenaje”.

Para Walsh, el verdadero espíritu de Quiroga ya no habitaba en el circuito turístico, sino en los márgenes: en los hombres que mercaban madera en la selva brasileña o en quienes remendaban alambiques caseros para destilar citronela en el Alto Uruguay.

Rastros bajo la lluvia

En las crónicas del nordeste, como en toda su obra, Rodolfo Walsh dejó marcas profundas para que sus rastros pudieran seguirse a través de las décadas. En el año 2012, la productora audiovisual correntina Koldra (bajo la dirección de Marcel y Yoni Czombos) retomó estas coordenadas en la serie documental Rastros de Rodolfo Walsh en el nordeste. A lo largo de cuatro capítulos, el trabajo estableció un puente entre aquellas notas —incluyendo también textos sobre el trencito económico correntino ("Expreso de la siesta"), el leprosario chaqueño ("La isla de los resucitados") o los Esteros del Iberá— y las realidades contemporáneas de la región.

Porque las injusticias tienden a repetirse, la vigencia de esos textos permanece intacta. Son eternas, por ejemplo, las líneas que el periodista le dedicó en 1966 a la devoción popular de San La Muerte en los ranchos de la región, un cierre que bien define la persistencia de la palabra frente al olvido:

“Las palabras se hacen borrosas en la tinta del papel escrito o tiemblan en la voz de los fieles que a la luz-y-sombra de las velas se arrodillan bajo la mirada sin pupilas de una figurita esquelética, que en los ranchos más humildes del Paraguay y el nordeste argentino preside el destino de sus habitantes, combina sus amores, los guarda de peligros o los hace ganadores en el juego”.


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